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La visita empieza en lo más alto del edificio, en el año 1886, con un caballo. Lo acompaña una frase atribuida al káiser Guillermo II: «Creo en el caballo. El automóvil es un fenómeno pasajero». Varias plantas más abajo, el Mercedes del propio káiser aguarda para darle la réplica: un 770 de los años de su exilio en los Países Bajos, que lleva el escudo de los Hohenzollern allí donde debería ir la estrella de tres puntas.

El Museo Mercedes-Benz de Stuttgart despliega esa conversación a lo largo de nueve niveles. Dos recorridos descienden por él en espiral, uno a través del tiempo y otro por temas, entre 160 vehículos y unas 1.500 piezas, y casi todos los coches que salen al paso guardan una historia que su cartela apenas empieza a contar: un coche que tomó su nombre de una niña, un coupé construido para unas carreras que nunca llegó a correr, un coche de carreras alcanzado por un buitre a toda velocidad en México, un récord de velocidad que a un rival le costó la vida intentar batir, el mismo día y en la misma carretera.

En breve
  • El museo abrió sus puertas el 19 de mayo de 2006 en un edificio del estudio amsterdamés UNStudio, con museografía de HG Merz.
  • Nueve niveles y 16.500 metros cuadrados acogen 160 vehículos y unas 1.500 piezas.
  • Los dos recorridos —siete salas Leyenda en orden cronológico y cinco salas Colección dispuestas por temas— desembocan en los coches de carreras y de récord, sobre una curva peraltada.
  • Se expone uno de los dos 300 SLR Uhlenhaut Coupé; su gemelo se vendió en el propio museo en 2022 por 135 millones de euros.
  • En 2025 el museo recibió 945.716 visitantes, más de la mitad llegados del extranjero.
  • Desde 2011, Classics & Coffee, un encuentro de clásicos de todas las marcas, se da cita los domingos de primavera a otoño en la colina del museo.

Historia

La empresa empezó a coleccionar su propio pasado en 1923, tres años antes de que Daimler y Benz se unieran en una sola casa, y desde entonces no ha dejado de construirle casas. El primer museo abrió en 1936 en la fábrica de Untertürkheim, con motivo del cincuentenario del automóvil. En 1961, para el 75.º aniversario, llegó un edificio construido ex profeso, que se rehízo para el centenario, en 1986. Cada aniversario reclamaba un hogar más grande.

La casa de 2006 es la más ambiciosa de todas, y su ingeniería es la de uno de los coches que custodia. UNStudio, el estudio amsterdamés de Ben van Berkel y Caroline Bos, ganó el concurso en 2001 con un edificio cuyas dos rampas se enroscan una en torno a la otra como las hebras de una doble hélice. Visto desde arriba, es un trébol de tres círculos superpuestos. Tienta ver en él la estrella, pero la empresa relaciona su forma con el nudo viario contiguo al solar. Las plantas descansan sobre los llamados «twists», elementos de hormigón pretensado de unas 2.500 toneladas cada uno, y salvan hasta 33 metros sin una sola columna. De los 1.800 cristales triangulares de la fachada, no hay dos iguales.

El atrio guarda una sorpresa. En caso de incendio, 144 toberas repartidas por sus paredes pondrían el aire a girar hasta formar un torbellino que arrastraría el humo hacia lo alto y fuera del edificio. En 2007, Guinness World Records lo midió: una columna de aire de 34 metros de altura, inscrita en su libro como récord mundial. Los coches se mueven con la misma discreción. Cuando una pieza cambia de sitio, la levanta una grúa, un lunes o de noche; ocurre unas dos docenas de veces al año.

La colección

La primera sala demuestra lo pronto que el motor dejó atrás la carretera. Junto a las réplicas del Benz Patent-Motorwagen de 1886 y del Reitwagen de Gottlieb Daimler, de 1885, se exponen una lancha motora y una réplica del dirigible de Friedrich Hermann Wölfert, de 1888, ambos movidos por motores Daimler, y un camión Daimler de 1898, el vehículo de mercancías más antiguo que se conserva, según el museo. En apenas una docena de años desde el primer automóvil, el motor ya se había hecho a la mar, había alzado el vuelo y se había puesto a trabajar.

En una sala revestida de latón espera el coche del hombre que dio a Mercedes su nombre. Desde 1899, Emil Jellinek competía en Niza con coches Daimler bajo el nombre de su hija, Mercedes, y en 1900 encargó 36 coches a Daimler. A finales de ese año el nombre había pasado al modelo 35 PS, y de ahí a todo lo que vino después. Aquí está su propio 60 PS Mercedes Simplex. No todo lo que reluce es oro, pero para estas paredes el latón era el metal justo.

En 1955 se construyeron dos coupés a partir del 300 SLR, el coche de carreras que había ganado la Mille Miglia aquella primavera. Nacieron para correr; jamás corrieron. Al acabar la temporada, Mercedes-Benz se retiró de las carreras, y Rudolf Uhlenhaut, el ingeniero que les da nombre, se los quedó como coches de empresa. Se mire como se mire, como coche de empresa no estaba nada mal. El 5 de mayo de 2022, en una subasta privada celebrada en este mismo museo, uno de los dos se vendió por 135 millones de euros, entonces el precio más alto jamás pagado por un automóvil. El dinero fue a parar a un fondo de becas, y el comprador se comprometió a exhibir el coche en ocasiones especiales. Su gemelo nunca se movió de aquí. Está en la sala de la posguerra, junto al 300 SL cuyas puertas se abren hacia arriba porque no quedaba otro remedio: los largueros laterales de su chasis tubular iban tan altos que no había forma de montar una puerta convencional.

La Galería de la Carga guarda la más encantadora de las reconstrucciones del museo. En 1954, el departamento de pruebas construyó un camión portacoches para llevar a toda prisa los coches de carreras a los circuitos de la temporada siguiente, y rotuló su velocidad máxima en los guardabarros traseros: 105 mph, unos 170 km/h. Se le acabó conociendo como «Blaues Wunder», la Maravilla Azul. El original no sobrevivió, así que la casa volvió a construirlo, y ahí está, con un 300 SLR amarrado a la plataforma, tal como pudo llegar a una carrera en 1955.

Los coches de carreras aguardan al final de ambos recorridos, sobre una curva de peralte cada vez más pronunciado, y casi todos tienen una historia. Entre los más antiguos está el Blitzen-Benz, con el que Bob Burman alcanzó los 228 km/h en Daytona en 1911. El coche rojo entre los plateados no es un error. Para la Targa Florio de 1924, el equipo pintó sus coches de rojo italiano para que el gentío siciliano les abriera paso. Este terminó undécimo con Christian Lautenschlager; del vencedor no queda rastro.

Aquí está también el 300 SL con el que Karl Kling y Hans Klenk disputaron la Carrera Panamericana de 1952, la carrera en carretera que atravesaba México. Iban a toda velocidad cuando un buitre atravesó el parabrisas y alcanzó a Klenk, que resultó herido. Montaron unos barrotes sobre el cristal nuevo, y los dos siguieron adelante hasta la victoria.

Luego llega el 300 SLR con el número 722. En la Mille Miglia de 1955, mil millas de carretera abierta por toda Italia, Stirling Moss lo llevó a la victoria en 10 horas, 7 minutos y 48 segundos. A su lado, el periodista Denis Jenkinson devanaba un rollo de notas dentro de una pequeña caja y le indicaba por señas lo que esperaba más adelante. El número del coche era, sin más, su hora de salida: las 7:22 de la mañana.

Donde la curva se vuelve vertical, los coches de récord cuelgan como ejemplares de un gabinete de historia natural, y uno de ellos carga con el peso de un solo día. El 28 de enero de 1938, en la autopista entre Fráncfort y Darmstadt, Rudolf Caracciola llevó el W 125 de récord a 432,7 km/h. Horas más tarde, Bernd Rosemeyer, de Auto Union, salió a batirlo y perdió la vida en la misma carretera. En esa pared cuelga también el T 80, construido según el diseño de Ferdinand Porsche para intentar el récord de velocidad en tierra. Llegó antes la guerra, el proyecto se canceló en 1940 y el coche jamás rodó. Conserva la quietud de lo que nunca tuvo permiso para moverse.

El coche del káiser está en buena compañía en la Galería de los Famosos, donde cada automóvil lleva la huella de la persona a la que sirvió. Ahí está el 770 Pullman blindado del emperador Hirohito, con crisantemos en las puertas; el papamóvil, al que se dotó de cristales antibalas tras el atentado contra el papa de mayo de 1981, y el último 300 de Konrad Adenauer, el canciller que, en boca de la gente, acabó dando nombre al modelo. Hay un 500 SL rojo que Diana, princesa de Gales, recibió en diciembre de 1991 y devolvió en septiembre de 1992, tras las críticas en su propio país. Y está el coche que nosotros no nos iríamos sin ver, el más humilde de todos: el 190 SL que el astronauta del Apolo 15 David Scott tuvo de 1959 a 2004, expuesto tal como él lo conservó, sin restaurar. Se quedó en la Tierra mientras su dueño viajaba a la Luna.

Experiencia del visitante

La visita empieza en un ascensor que sube por toda la altura del atrio, y sus puertas se abren a 1886 y a un caballo. A partir de ahí, el edificio toma las riendas. Las rampas giran despacio en torno al vacío central, el suelo que se pisa es de roble ahumado, como el de un viejo taller, y en cada vuelta asoma otra década: paredes de latón para los primeros años de la marca, el tejido de los airbags que tapiza la sala dedicada a la seguridad. Quien sigue las salas Leyenda desciende a través del tiempo. Quien cruza a las salas Colección lo recorre de través, entre los que viajan, los que cargan, los que sirven y los que se hicieron famosos.

Nosotros guardaríamos la mayor parte del tiempo para la última sala. El suelo empieza a inclinarse y los coches de carreras se elevan con él, desde las Flechas de Plata de los años treinta hasta los Fórmula 1 de décadas posteriores, sobre una curva cada vez más peraltada, hasta que, en lo alto, los coches de récord se sostienen sobre la pared. No hay en todo el edificio una vista mejor.

El museo recomienda dedicarle al menos dos horas. Nosotros le daríamos media jornada, e iríamos un domingo entre la primavera y el otoño si el calendario lo permite. Es entonces cuando Classics & Coffee cubre la colina exterior de clásicos de todas las marcas, como viene haciendo desde 2011, y durante unas horas la colección de fuera contesta a la de dentro. El día puede terminar donde empezó, en el atrio, con la mirada alzada hacia la doble hélice de rampas por la que se acaba de bajar.

Clima

Medias mensuales en Museo Mercedes-Benz, 1991–2020.
MesMáx. °CMín. °CPrecipitación mmDías de lluviaLuz diurna h
Enero4°−2°73148,8
Febrero6°−2°621210,2
Marzo10°1°741411,9
Abril14°4°601313,7
Mayo18°9°901515,3
Junio22°12°811416,1
Julio24°14°861415,7
Agosto24°14°751314,3
Septiembre19°10°681212,6
Octubre14°7°731310,8
Noviembre9°2°73139,2
Diciembre5°−1°82158,3

Medias mensuales en Museo Mercedes-Benz, 1991–2020.
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Ubicación

El museo se alza en el borde del NeckarPark, el mayor recinto de eventos de Stuttgart, junto a la planta de la empresa en Untertürkheim. Sus vecinos son el MHPArena, estadio del VfB Stuttgart; los pabellones Porsche-Arena y Hanns-Martin-Schleyer-Halle, y el Cannstatter Wasen, donde la ciudad celebra su fiesta de la primavera y, en otoño, su Volksfest. En los jardines del balneario de Bad Cannstatt se conserva el invernadero en el que Gottlieb Daimler y Wilhelm Maybach montaron su taller, hoy Memorial Gottlieb Daimler. Al norte de la ciudad, en Zuffenhausen, está el Museo Porsche.

La línea S1 del S-Bahn para en NeckarPark, a un corto paseo de la entrada, y el museo cuenta con su propio aparcamiento de varias plantas. Los días de partido y durante las fiestas, el acceso está restringido, y el tren es la opción más sosegada.

Dirección

100 Mercedesstraße
70372 Stuttgart
Stuttgart, Baden-Württemberg
Alemania